Los últimos meses del año han probado ser movidos, casi siempre (al menos para mí). Noviembre no fue la excepción. Se me hizo un poco largo, y sí, movido. No fue un mal mes, pero sí un poco extraño, poco uniforme. Van 10 días de diciembre, y por alguna razón, siento que noviembre no terminó para mí; no sabría describir esta rara sensación. Sólo espero que, esta vez, el año sí termine. 

Subí al Ávila en teleférico, cosa que no hacía desde que tenía 14 años. Me di cuenta de que es un destino muy frecuentado por los caraqueños los fines de semana, así que la próxima vez que vaya, procuraré que sea un día de semana. Me di cuenta del grave error que es patinar en hielo cuando los patines son 3 o 4 tallas menos que la de mis pies, pero en general, pasé una tarde bastante bonita, perdido entre aquel océano de nubes.

Pude ver a Slash por segunda vez el miércoles 21, esta vez en compañía de Karen, Viviana (con quien asistí antes a My Chemical Romance), y Maria Virginia (que estuvo conmigo cuando vi a Paramore). Fue un día increíble, y el concierto, sin duda, estuvo mucho mejor que el primero, que fue el 31 de marzo del año pasado. A pesar de eso, pasada la primera impresión de ver a Slash, no escribiré una reseña, como suelo hacer. O al menos no por ahora, ya que siento que hay poco que pueda describir de lo que se siente ver a Slash que no haya dicho ya hace más de un año, y bueno, no quiero repetir por el simple hecho de repetir. Pero fue increíble, eso sí.

Vamos a ver qué se viene con el último trozo de 2012.

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