Hago esto como un ejercicio o experimento, a ver si algo, cualquier cosa, pasa. Por momentos pienso que algo está mal conmigo, pero no me convenzo de eso. ¿Esto es una prueba o una muestra? ¿O una oportunidad? No lo sé.

Hace un mes que vivo una vida nueva. Una vida con un gran agujero en medio, a través del cual empezaron a colarse muchas cosas, y seguirán haciéndolo; llegarán, pasarán, una que otra se detendrá por un tiempo. Pero el agujero va a seguir ahí.

Prevenir, prepararse, intentar estar siempre un paso adelante, nada sirve; nada te prepara para esa llamada telefónica. Sentir que un hilo de vida pende entre tu oreja y el teléfono y que colgar la llamada lo va a cortar… No es algo nuevo, pero nunca se siente igual. Y correr. Correr con el corazón golpeando como un martillo. Llegar y sentir que el martillo cae.

Revivo eso casi a diario, desde hace un mes ya. A veces sin querer. A veces, para aceptar. ¿Cómo aceptas que la vida te fue arrancada de las manos? ¿Poniéndolo en papel? ¿Gritando? ¿Cómo?

Siento que vivo una realidad de mentira. Una realidad falsificada. Siento que mi vida no es mía.  Siento como si lo estuviera viendo todo pasar desde un asiento. No sé cómo explicarlo bien, pero siento que tengo la vida equivocada. La que tenía, la puse en sus manos, y ella se la llevó. Y el viento, a sus cenizas.

“La vas a extrañar”, me han dicho. “Va a ser duro”, me han dicho. Pero nada que me hayan dicho me prepara para llegar a la casa y no verla. Nada hace que ver su cama vacía pese menos en mis entrañas. No hay palabras que hagan pasar más rápido esos pequeños momentos. Esos en que la vida duele, y su ausencia también. He vivido un mes lleno de momentos así, que se cuelan entre las grietas de la vida que me quedó, que no es mía, o al menos no se siente así.